Todos los días de nuestras vidas terminan siendo en el tiempo totalmente vacíos si intentamos medirlos con recuerdos... Es decir, si tratamos de acordarnos qué hicimos el año pasado, ¿cuáles son los recuerdos que se nos vienen a la mente? Seguramente sean aquellas cosas que por su importancia han tenido algún tipo de impacto extra en nuestras vidas. Un logro personal, un desamor, una fiesta, un accidente, una desilusión, la lectura de un libro. Quizá también, una seguidilla de pequeños momentos que tuvieron algún efecto. Pero, ¿qué pasa con el resto de los días vividos? Todos esos días en los que nos levantamos temprano, desayunamos, viajamos y vamos a trabajar, la cantidad de pensamientos que tenemos durante todo el día mientras cumplimos con la rutina programada, ese diálogo interno constante, ya sea sobre nuestra existencia, o bien, sobre cosas irrelevantes que invaden nuestra mente continuamente.
No miento si digo que la mayoría del tiempo estamos pensando en temas cotidianos y superficiales (que son necesarios por supuesto) como qué comer, me fue mal en el trabajo, estoy aburrido, cómo hago para gustarle a tal, cómo hago para sacarme de encima al fulano este, qué bien que abrí un yogurt y me gané otro de regalo, voy a la facu hoy, o no voy y me quedo para ver ese nuevo programa que empieza, tengo que ir al chino, lavar ropa, depilarme, ir al gimnasio, las zapatillas que tengo se me están haciendo bolsa; me compro otras. Y así, podría dar miles de ejemplos de las cosas que ocupan nuestra mente la mayor parte del día; no todo, pero la mayor parte. Con lo cual, si hacemos una cuentita rápida, fácilmente nos damos cuenta que si un día tiene veinticuatro horas, una semana tiene siete días, un mes treinta, y un año trescientos sesenta y cinco, entonces la conclusión, es que restando las horas que dormimos (suponiendo que sean las ocho necesarias), nos quedan dieciséis de las veinticuatro horas, y si le restamos dos horas más en las que posiblemente ocupemos nuestra mente en algo productivo, como puede ser una clase de algo que nos instruya y eleve el espíritu; nos quedan catorce en las que sólo pensamos sandeces. El resultado es por lo menos alarmante: esto nos lleva a que si multiplicamos los trescientos sesenta y cinco días del año por catorce horas diarias, nos pasamos cinco mil ciento diez horas al año, la mayor parte de nuestras vidas, pensando en cosas superfluas que luego a la distancia, no recordaremos. Claro que estos pensamientos son naturales y necesarios, pero tal vez nuestro desafío es, que no sea una constante.
Vivimos esperando el Viernes, el feriado, las vacaciones, el día de cobro... y aunque no sea cierto, lo decimos porque es costumbre, aún peor, porque todo lo que decimos influye en nuestro estado de ánimo, por ende, en nuestra voluntad de vivir bien. Nuestros hábitos también son mentales, emocionales y sentimentales. Ocupamos mucho tiempo suponiendo, adivinando, fantaseando, criticando, elucubrando posibilidades potenciales, y de lo concreto vemos sólo la parte que nos confronta directamente.
Es verdad también, que tenemos nuestros espacios de reflexión. Afortunadamente, cada vez hay más gente dispuesta a ser cada día mejor, gente que predica con el ejemplo, que actúa a consciencia, ayuda, que aporta a nuestro planeta la energía que necesita... y no hablo de activistas de Greenpeace (que es admirable lo que hacen); hablo de gente que dentro de la idiosincrasia y contexto en el que vive, hace lo posible por hacer el bien para sí misma y para quienes la rodean.
Mi trabajo hoy es saber elegir, ser yo quien maneje mis pensamientos en pos de aquello que por su virtud, agregue a mi vida el sentido que debo tener. Tomar el compromiso de descubrir mis potencialidades como ser humano para no caer en el automatismo tan bien organizado del que siempre, por débiles y cómodos, somos parte. Mi trabajo hoy, es experimentar todo este descubrimiento. Mañana, será transmitirlo. Y pasado... también.
Cinco mil ciento diez horas de debilidad adoptada por gusto. Cinco mil ciento diez horas de "sueño"
Despertemos de una vez, que el Sol sale todos los días, aunque a veces no se vea. Siempre está, y es un milagro del que somos testigos involuntarios... Pues que sea a voluntad. El acto volitivo de despertarse a la mañana y agradecer estar vivo y ser parte vital de la ecuación Natural.
Cinco mil ciento diez horas de oportunidades para aplicar nuestra MAGIA a la vida.
Cinco mil ciento diez horas de debilidad adoptada por gusto. Cinco mil ciento diez horas de "sueño"
Despertemos de una vez, que el Sol sale todos los días, aunque a veces no se vea. Siempre está, y es un milagro del que somos testigos involuntarios... Pues que sea a voluntad. El acto volitivo de despertarse a la mañana y agradecer estar vivo y ser parte vital de la ecuación Natural.
Cinco mil ciento diez horas de oportunidades para aplicar nuestra MAGIA a la vida.
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