martes, 19 de junio de 2012

El Subte, la vida.

Lo maldecimos cada vez que no llega a la hora indicada, o decide hacer un stop para recuperar energías. Agradecemos cada vez que llega y nos da un lugar. Si decide parar todo el día, lo lamentamos tanto que colapsamos. Nos carga, nos contiene, nos amasija.

Dentro de él, el panorama no cambia demasiado. Maldecimos, lamentamos, extrañamos. Siempre las mismas caras, las miradas idas, los oídos tapados, el carácter sensible, los modales dormidos. Esa cercanía obligatoria que nos produce curiosidad y rechazo. Los detalles se apoderan de nuestra atención, el pelo, la ropa, los perfumes, los logos y distintivos varios, etiquetas, teléfonos, carteles publicitarios, el libro que lee el de al lado, los zapatos, las manos, el caño para agarrarse. Me miro los nudillos con frecuencia.

Ese resoplido tan conocido que se va escuchando en eco cuando se presenta la demora. El vaivén frustrante que hace que seas sostén de otros cuerpos en cadena.

Sin embargo, si la cadena se rompe por un desmayo, un bajón de presión, un anciano o un niño, se abren las manos que los conducen a un lugar seguro. Sin refunfuñar y despertando esa virtud que carcateriza a nuestra gente, la solidaridad.

El cansancio, la pesadumbre, el hastío, la intolerancia, la falta de educación, la prisa, el egoísmo; todos somos presa de alguno de ellos en algún momento. Unos, durante un viaje en Subte, otros, durante toda su vida. Pero la mayoría, podemos trabajar para cambiarlo y darnos cuenta que sólo con sonreír más podemos llegar más rápido a destino.

Así como en el Subte, en la vida.


lunes, 11 de junio de 2012

Primer Plano

Sus manos manipulando el celular. Su labio superior humedeciendo el inferior como preparándose para hablar. Su mirada furtiva hacia un costado como pensando qué va a decir. Su cuerpo moviéndose en pequeños vaivenes como acomodándose en un lugar nuevo. Las fibras entretejidas de su suéter, justo en el límite con su cuello. Su sonrisa amplia escondiendo cierta curiosidad y nerviosismo simultáneo.

Suele caminar con firmeza y algo de pesadumbre. Tiene la manía de enroscarse el pelo entre los dedos de su mano derecha cuando le toca cambiar un pensamiento incómodo. Cuando escucha, ladea su cabeza como queriendo oír mejor a su emisor. Tiene la facultad de hacerte creer que eres de vital importancia en ese momento. 

Lleva una cruz de plata colgando de su cuello, que el primer botón desabrochado de su camisa deja entrever; sin embargo se declara agnóstico... aunque creyente.

Cree en el Ser Divino que lleva adentro. Cree en el Ser Divino que yo tengo dentro. Me manifiesta su devoción  por momentos, y otros su indiferencia. Mas cada vez que puede, me hace saber que nos une algo del más allá. 

Siempre logro ver su figura en primer plano, incluso a pesar de ser una imagen difusa y en blanco y negro. Es que los colores no existen, me diría él. 

Vive en un castillo de cemento. Vuela por los aires sobre pájaros de constante migración, y no por soñador. 

Siente una gran compasión por la gente, casi tan grande como el asco que le da algunas veces. Añora un futuro de sencillez, mientras su presente lo envuelve en una complejidad mediocre. Pero no se rinde, algo que antes me sorprendía y ahora me enorgullece. 

Lo he visto pedir y dar un abrazo con la misma intensidad, que cuando se enoja con alguien por haber actuado en forma indebida.

Es que con gran empatía y leve malicia, entiende su trato hacia los demás. Y nada en su proceder es impulsivo, todo es intuitivo.

Él, que con eterna sabiduría me vigila, aún hasta cuando me ignora sé por qué lo hace. Ya no hay nada que pueda decirme para que lo odie, ni nada que pueda hacer para que lo ame. Es más que un sentimiento. Es más que una persona. Más que un amigo, o un amante. Más. 

No soy tan valiente como él, pero sí tal vez, sea menos cobarde. Parece una contradicción, pero no lo es, en lo absoluto.

Somos iguales. Somos iguales y distintos. Una especie de simbiosis extraña y atemporal.

Siempre va a estar en primer plano.