Sonaba "Humility" de Wim Mertens en mis oídos, el sonido del piano actuaba en mi corazón como un interruptor, que cuando se manipula, se enciende la luz.
En este caso, lo que se encendían eran mis pensamientos, mis emociones...
La ventanilla un tanto abierta dejaba pasar el aire que impactaba sobre mi rostro. Veía como quedaban atrás, a mi paso; miles de historias cortas.
Un hombre que estaba parado en una esquina, esperando que corte el semáforo para poder cruzar, se restregaba los ojos como queriendo sacudirse la modorra.
Un grupo de amigos que transportaban instrumentos miraban al que seguramente era el más chico y gracioso de ellos, que jugaba con dos palitos haciendo música en el aire... probablemente consciente de que en sus manos está el poder de la risa y la alegria de vivir.
Una mujer que sacudía el brazo de su hijo para implorarle que se portara bien, tal vez un poco cansada de que nadie le haga caso a pesar de sus esfuerzos.
Una bella joven, que mientras esperaba un colectivo, aprovechaba para corregir su maquillaje quizás admirando su belleza, quizás pensando en la noche que le esperaría, quizás pensando en agradarle al amor de su vida.
Un perro descansaba cerca de un basural, con una mirada sabia hacia el horizonte, y una tristeza crónica producto de la indiferencia humana.
Un señor que estaba a punto de bajar la persiana de su librería. Seguramente el negocio de toda su vida... Casi que tuve envidia, pensando en despertar cada mañana con ese olor a papel y tinta, vender letras y estar todos los días rodeada de ellas...
Recuerdo mi adolescencia, cuando me decían que era una soñadora. Que no tenía los pies sobre la tierra, que prestara atención porque me llevaba cosas por delante, por estar "paveando". Cuando me consumía la impotencia de no saber a dónde ir, cuando pensaba que el mundo estaba patas para arriba, cuando creía que nadie me entendía. Cuando quería salvar al mundo con una sonrisa como única arma. Cuando esperaba a cada esquina la oportunidad de salir volando por los aires. Cuando mi vida era un mundo de historias leídas, vividas, actuadas y personificadas. Cada día, una nueva oportunidad para soñar con una realidad distinta a la que estaba en curso. Recuerdo que me decían: "cuando crezcas verás que la vida no se trata de soñar, hay que arremangarse y hacerse cargo de ella. Hay que trabajar, hay que estudiar cosas productivas para poder progresar, tener dinero te hará ser una mujer independiente. Ahora creés que sos incomprendida, que el mundo está en tu contra y que nadie te entiende. Te creés que sos capaz de cualquier cosa y te la pasás soñando... ya aprenderás que no es así; sólo serás una mujer más que luche por sobrevivir".
Me parecía terrible en ese momento. Me parece terrible ahora. Me parecerá terrible siempre.
Justo ahora suenan unas campanas (lo juro, es literal)... ¿llamando a misa por víspera de pascuas quizás? No lo sé. Pero pienso, que ese "talán" de las campanas es como salir del tiempo y volver a aquellos en los que siempre me sentí más acorde. Al papel y a la tinta, en vez de la notebook. A la ropa cosida a mano, en vez de la producida en serie por máquinas industriales. A los caballos en vez de autos o colectivos. A las cartas, en vez de teléfonos o mails.
Justo ahora, pienso que no cambié de parecer en cuanto a querer salvar el mundo con una sonrisa. Que no cambiaron mis ganas de volar, ni mi gusto por la gente. Que sigo amando el olor de los libros, que sigo amando sentarme a soñar y a inventar las historias que tendrán cada una de las personas con las que me cruzo. Sigo amando la vida como cuando era adolescente. Sigo creyendo que una sonrisa es capáz de darle el valor a cualquier cobarde de querer ser protagonista de su propia historia, de su propia vida.
Sigo... soñando despierta cuando viajo en colectivo mientras miro por la ventanilla el mundo que acontece, mientras suena en mis oídos el pianito lindo y escucho el golpeteo de mi corazón desbocado que me pide con firmeza que siga este camino que elegí.
El camino del que sueña, y del que actúa para ello. El camino de la Verdad, ese que a cada instante te da la respuesta de cómo seguir. El camino que te abraza y que te pone al maestro que te da la palmadita en la espalda cuando vas derecho, o te empuja de nuevo al centro cuando te estás saliendo de él.
El camino de la belleza, de la justicia, de la bondad, del sentimiento, de la pasión, del valor, de la ética, de la moral. Saber que puede haber piedras que tengan nombres como: equivocación, egoísmo, exceso, maldad, avaricia, violencia, cobardía, miedo, intolerancia, cansancio, pereza, desesperanza... entre muchas otras. Pero también saber, que son piedras que se pueden correr para seguir adelante.
Sigo creyendo en un mundo mejor. Creo en lo que veo y en lo que siento. En las miradas profundas y llenas de interrogantes, en las miradas cansadas y llenas de esperanzas. En las manos curtidas por el trabajo, en los corazones intensos y cargados de experiencia. En la torpeza del que aprende a caminar por este suelo. En la inmaculada inocencia de los niños. Creo en los buenos gestos, en los actos. En que aunque breves, el más escéptico de los mortales puede preguntarse quién es o a hacia dónde ir. Eso, ya lo hace creyente.
Creo. De creación y de Fe... y quiero invitar a que crean.
Mirar por la ventanilla al mundo, luego bajarse y ser parte de él. Es parar para contemplar, marcar el campo de acción mentalmente, y luego bajar y seguir el ritmo del corazón... bailar.
La vida es ritmo, y a mí me encanta bailar.
El concepto “Intensidad” se puede definir básicamente como el grado de potencia, poder, energía o fuerza con que se manifiesta un fenómeno físico, un agente natural, una magnitud, cualidad, etc. De tal forma la intensidad es un término que sirve para cuantificar un determinado fenómeno físico y graduar el grado de potencia, poder, energía o fuerza con que actúa la cualidad propia que este fenómeno posee.
viernes, 29 de marzo de 2013
martes, 19 de marzo de 2013
De la forma las palabras; del fondo, el corazón.
Tienen más ribetes, combinaciones y entonaciones posibles, de las que somos capaces de apreciar.
De sentimientos, de locura, de pasión, de odio y violencia. De aliento y sabiduría. Algunas musicales, otras ásperas y difíciles de digerir. Aquellas que son oportunas... las que no lo son. Las cordiales y las cortantes. Las que iluminan y las que oscurecen. Las habladas, las escritas, las mudas, en señas, en braille o en código.
Todas ellas, en todas sus formas. Las que generan una sonrisa, una lágrima de emoción, un sentimiento noble, o las que se hacen canción. En prosa... o desordenadas.
La capacidad de transmitir, de embellecer, de aclarar, confundir y desorientar. De enseñar y de aprender.
Son las palabras.
Hermosas, intensas, vacías, cargadas... Perfectas amigas inseparables, que ponen luz a nuestros pensamientos. Aunque infinitas y limitadas al mismo tiempo; no siempre las encontramos y algunas veces nos sobran. El desafío es acercarlas a nuestra esencia a cada instante. Hacerlas nuestras, para poder compartirlas.
Saberlas decir, saberlas sentir, saberlas amar; es comprender la substancia y el potencial que hay en ellas. Tal vez, sólo sea cuestión de estar atentos a la motivación con las que se las utiliza, para que sean mayormente buenas, cada vez más justas, y en lo posible, siempre bellas.
De la forma las palabras; del fondo, el corazón.
De sentimientos, de locura, de pasión, de odio y violencia. De aliento y sabiduría. Algunas musicales, otras ásperas y difíciles de digerir. Aquellas que son oportunas... las que no lo son. Las cordiales y las cortantes. Las que iluminan y las que oscurecen. Las habladas, las escritas, las mudas, en señas, en braille o en código.
Todas ellas, en todas sus formas. Las que generan una sonrisa, una lágrima de emoción, un sentimiento noble, o las que se hacen canción. En prosa... o desordenadas.
La capacidad de transmitir, de embellecer, de aclarar, confundir y desorientar. De enseñar y de aprender.
Son las palabras.
Hermosas, intensas, vacías, cargadas... Perfectas amigas inseparables, que ponen luz a nuestros pensamientos. Aunque infinitas y limitadas al mismo tiempo; no siempre las encontramos y algunas veces nos sobran. El desafío es acercarlas a nuestra esencia a cada instante. Hacerlas nuestras, para poder compartirlas.
Saberlas decir, saberlas sentir, saberlas amar; es comprender la substancia y el potencial que hay en ellas. Tal vez, sólo sea cuestión de estar atentos a la motivación con las que se las utiliza, para que sean mayormente buenas, cada vez más justas, y en lo posible, siempre bellas.
De la forma las palabras; del fondo, el corazón.
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