Mi espíritu inquieto se debate en verdades que no se dicen, en certezas inevitables. Mi cuerpo no te espera, solo te recibe. Mi alma no te anhela, solo te comprende. Mi corazón no te ve, pero sabe que estás.
Mi paladar aún sabe a almizcle, resabios de un momento en el que mi presencia estaba ausente, estando a tu lado.
Tu sabiduría eterna, tu ignorancia cotidiana, tus verdades mentirosas, tus misterios claros. Un ego duramente sensible, que me hace humildemente soberbia. Tu amabilidad que me violenta, tu calma que exaspera. Tus ataques que me aquietan. Tu dulzura me endurece. Sin embargo, tu seducción me seduce.
La capacidad de estar sin ser visto, de ver sin mirar y de sentir sin tocar, es solo tuya. La capacidad de mentir diciendo la verdad, de saber sin indagar. La lucidez de un sabio, la fría ternura de un niño abandonado.
Tengo una máscara con tu cara, y ya es tarde para que la recuperes...porque es mía. Mi certeza y tu certeza están en haber sentido la piel de un humano que pretende ser fantasma. Dos fantasmas distintos, que coinciden en la misma oscuridad, y por ahora, se desencuentran en la misma luz.
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