Esa voz que todo te lo dice, bajito casi siempre, para no aturdirte, en secreto. Como llevándote con aparente calma al abismo del que querés huir. Sí, bajito, porque si te habla muy alto podrías desatar a tu bestia, que está contenida, esa a la que le vas dando de comer de a poco, para que se le cierre el estómago y no te pida más.
Porque aquello más profundo y miserable que todos tenemos dentro no debemos mostrarlo. Sólo nos permitimos cierto grado de todo.
Hay un acuerdo tácito entre nosotros... ¿Verdad? Nos saludamos casualmente, nos contamos una anécdota, triste o alegre, nos damos aliento o nos enojamos y decimos cosas "feas". Pero... ¿Lo hacemos realmente? Supongo que el personaje (persona) que elegimos para actuar es parte de nuestro verdadero yo. Así que sí, lo hacemos.
Pero hay más... mucho más dentro de uno, bajo la superficie, eso que sale a la luz muy de vez en cuando, y queda en el recuerdo como un evento surrealista de nuestras vidas.
Hacemos ruido, no queremos escuchar verdades. Construimos un papel con el que nos sintamos a gusto, lo estudiamos, lo jugamos, lo vivimos... con el tiempo lo mejoramos, lo vamos modificando. Si hay algo que se nota demasiado aprendemos a camuflarlo mejor, lo moldeamos hasta que se parezca más a lo que queremos mostrar... ¿Y lo que queremos ser, qué?
Mejor que no se note, que nadie se de cuenta, porque si lo hacen debemos decir la verdad, y eso no puede pasar.
Somos complejos. Podemos caer en la más grande depresión. Tener una epifanía. Vivir la más intensa pasión. Creer en lo más inverosímil. Correr hasta que nos duelan los pies y arda el pecho. Podemos bailar hasta caernos al piso de cansancio, o reír hasta quedarnos sin aire. Llorar hasta que los mocos no nos dejen respirar y las lágrimas nos enceguezcan. Emocionarnos con un amanecer o sentir un profundo hastío por lo que nos rodea. Hipnotizarnos mirando el fuego. Sentir la más hermosa sensación de estar flotando entre nubes en un abrazo, o el dolor más desgarrador por lo perdido. Ser adictos o desapegados.Crear cosas maravillosas y destruirlas con placer o indiferencia. Caminar descalzo en el pasto. Sentirte amado o abandonado. Feliz o desdichado. Eufórico o apático. Angustiado o tranquilo. Podemos ser valientes o cobardes.
Y en cada uno de esos momentos está esa voz que todo te lo dice, hablándote sin parar. No se puede huir del abismo que hay dentro de uno, sólo podés decidir dónde, cuándo, con quién y por qué caer en él.
Cada dolor, cada alegría, cada experiencia vale la pena si al menos una vez en tu vida, en un pequeño momento de eternidad, de esos en los que no hay tiempo ni espacio ni miedo, podés sentir la libertad de hablar con tu propia voz.
