sábado, 17 de febrero de 2018

La voz

La voz

Esa voz que todo te lo dice, bajito casi siempre, para no aturdirte, en secreto. Como llevándote con aparente calma al abismo del que querés huir. Sí, bajito, porque si te habla muy alto podrías desatar a tu bestia, que está contenida, esa a la que le vas dando de comer de a poco, para que se le cierre el estómago y no te pida más.

Porque aquello más profundo y miserable que todos tenemos dentro no debemos mostrarlo. Sólo nos permitimos cierto grado de todo.

Hay un acuerdo tácito entre nosotros... ¿Verdad? Nos saludamos casualmente, nos contamos una anécdota, triste o alegre, nos damos aliento o nos enojamos y decimos cosas "feas". Pero... ¿Lo hacemos realmente? Supongo que el personaje (persona) que elegimos para actuar es parte de nuestro verdadero yo. Así que sí, lo hacemos.

Pero hay más... mucho más dentro de uno, bajo la superficie, eso que sale a la luz muy de vez en cuando, y queda en el recuerdo como un evento surrealista de nuestras vidas.

Hacemos ruido, no queremos escuchar verdades. Construimos un papel con el que nos sintamos a gusto, lo estudiamos, lo jugamos, lo vivimos... con el tiempo lo mejoramos, lo vamos modificando. Si hay algo que se nota demasiado aprendemos a camuflarlo mejor, lo moldeamos hasta que se parezca más a lo que queremos mostrar... ¿Y lo que queremos ser, qué?

Mejor que no se note, que nadie se de cuenta, porque si lo hacen debemos decir la verdad, y eso no puede pasar.

Somos complejos. Podemos caer en la más grande depresión. Tener una epifanía. Vivir la más intensa pasión. Creer en lo más inverosímil. Correr hasta que nos duelan los pies y arda el pecho. Podemos bailar hasta caernos al piso de cansancio, o reír hasta quedarnos sin aire. Llorar hasta que los mocos no nos dejen respirar y las lágrimas nos enceguezcan. Emocionarnos con un amanecer o sentir un profundo hastío por lo que nos rodea. Hipnotizarnos mirando el fuego. Sentir la más hermosa sensación de estar flotando entre nubes en un abrazo, o el dolor más desgarrador por lo perdido. Ser adictos o desapegados.Crear cosas maravillosas y destruirlas con placer o indiferencia. Caminar descalzo en el pasto. Sentirte amado o abandonado. Feliz o desdichado. Eufórico o apático. Angustiado o tranquilo. Podemos ser valientes o cobardes.

Y en cada uno de esos momentos está esa voz que todo te lo dice, hablándote sin parar. No se puede huir del abismo que hay dentro de uno, sólo podés decidir dónde, cuándo, con quién y por qué caer en él.

Cada dolor, cada alegría, cada experiencia vale la pena si al menos una vez en tu vida, en un pequeño momento de eternidad, de esos en los que no hay tiempo ni espacio ni miedo, podés sentir la libertad de hablar con tu propia voz.


martes, 19 de noviembre de 2013

La Rueda que rueda.

Rueda la rueda que sigue girando y no se detiene. Este vértigo que es vivir, incluso cuando parece nada mover, da vueltas a mi alrededor.
Algunas veces tanto movimiento loco me hace perder el equilibrio... ¿Si es que lo encontré? o por lo menos se interrumpe mi propia paz, ganada con esfuerzo y testarudez. Otras veces, es el mismo movimiento que me impulsa a encontrar la quietud del alma. Esa quietud activa, que roza lo divino, que tiene el dulce cantar de un ro - ro que endulza mi mente abarrotada, alborotada, alocada, atiborrada y avezada herramienta de elucubraciones.


La rueda que rueda que hace que dé mil vueltas y siga girando. Algunas veces me marea, me dan náuseas y vomito. Para luego darme cuenta que debo liberar aquello que tengo dentro, alivianarme, limpiarme y seguir girando con más destreza.


El Universo es mi rodado, o mi rodado es este planeta Tierra. O quizás mi rodado sea mi cabeza, y mi cuerpo como vehículo circunstancial intenta adecuarse a las órdenes de quien manda, quien mueve, quien para y sigue. Sí, tal vez sí, mi rodado es mi mente, mi cabeza que la contiene. Ella es la conductora más entrenada para mi cuerpo. Aunque muy pocas veces se distrae, es por un dulce canto que lo hace... como quien escucha música clásica en el auto. Es mi alma alzando la voz para ser escuchada quien conduce esta vez, cansada de ser ignorada, harta de que su voz sea tapada por los gritos de mi revolución sináptica.


Cuando todo gira con la rueda que rueda al compás del canto de mi alma, todo gira mejor.


domingo, 11 de agosto de 2013

Respuestas que no se ven, se sienten.

Cada vez que hablo con fervor, pasión y convicción de algo en lo que creo, en lo que estoy realmente comprometida; debería acordarme de Sócrates cuando dijo: "sólo sé que no sé nada".

Cada vez que me hundo en las más miserables dudas existenciales de mi propia vida, buscando una respuesta certera de algún "no sé qué"; debería acordarme de Descartes y la Duda como Movimiento Universal. Cogito Ergo Sum, realmente pienso y luego existo... ¿Sí?

Incluso cuando producto de lo que pienso tomo decisiones devastadoras o al contrario, decisiones magníficas pero con consecuencias drásticas, o cuando mi karma se precipita y los acontecimientos que me depara el destino son ineludibles y terribles desde mi propia perspectiva (falsa o real); sería importante que me acuerde de Buda y su "El dolor es inevitable, el sufrimiento optativo".

Cada vez que me encuentro entre dos caminos, uno llevado por la inercia y el falso sentido común de lo que se debe o no hacer, el otro por aquello que dicta la más profunda intuición y a sabiendas de ello la ignoro completamente; debería tener presente a Platón y su teoría sobre el dualismo entre el mundo sensible e inteligible.

El deseo más profundo, incluso aquel que se disfraza de negación, ese apego adictivo que solemos tener a lo que anhelamos tanto como a lo que nos paraliza de miedo, no es otra prueba de lo que ya dijo Helena Petrovna Blavatsky y que debería tener presente en esos momentos de sobredosis sináptica y circular: "La mente, es la gran destructora de lo Real".

Teniendo tantas respuestas y soluciones, sigue siendo enormemente difícil hacerse cargo de ellas y ponerlas en práctica ante la estupidez humana de la que soy presa. Pero si en este instante puedo acordarme de ello, quizás, y sólo quizás, quiera decir que no todo está perdido. Y que aún tengo otra oportunidad de empezar a Ver con mi corazón más seguido de lo que veo con mis ojos.

Son respuestas que no se ven aunque siempre se sienten, pero la Ilusión es tan seductora y poderosa que los ojos se adelantan, por ansiosos, al corazón que todo lo sabe y con paciencia espera su momento de actuar.