martes, 19 de noviembre de 2013

La Rueda que rueda.

Rueda la rueda que sigue girando y no se detiene. Este vértigo que es vivir, incluso cuando parece nada mover, da vueltas a mi alrededor.
Algunas veces tanto movimiento loco me hace perder el equilibrio... ¿Si es que lo encontré? o por lo menos se interrumpe mi propia paz, ganada con esfuerzo y testarudez. Otras veces, es el mismo movimiento que me impulsa a encontrar la quietud del alma. Esa quietud activa, que roza lo divino, que tiene el dulce cantar de un ro - ro que endulza mi mente abarrotada, alborotada, alocada, atiborrada y avezada herramienta de elucubraciones.


La rueda que rueda que hace que dé mil vueltas y siga girando. Algunas veces me marea, me dan náuseas y vomito. Para luego darme cuenta que debo liberar aquello que tengo dentro, alivianarme, limpiarme y seguir girando con más destreza.


El Universo es mi rodado, o mi rodado es este planeta Tierra. O quizás mi rodado sea mi cabeza, y mi cuerpo como vehículo circunstancial intenta adecuarse a las órdenes de quien manda, quien mueve, quien para y sigue. Sí, tal vez sí, mi rodado es mi mente, mi cabeza que la contiene. Ella es la conductora más entrenada para mi cuerpo. Aunque muy pocas veces se distrae, es por un dulce canto que lo hace... como quien escucha música clásica en el auto. Es mi alma alzando la voz para ser escuchada quien conduce esta vez, cansada de ser ignorada, harta de que su voz sea tapada por los gritos de mi revolución sináptica.


Cuando todo gira con la rueda que rueda al compás del canto de mi alma, todo gira mejor.