lunes, 29 de octubre de 2012

“La Foto de la Esperanza”


 “La Foto de la Esperanza”

Parece un barrio olvidado en las afueras de la ciudad. Rodeado de casitas precariamente construidas, y algún que otro descampado con pastos secos, que sirven de basurero, claro. Un largo y vencido puente de madera unía este suburbio a una de las entradas hacia la gran ciudad, debajo del mismo corre un riacho pestilente y putrefacto.

A las orillas de este riachuelo, pueden observarse algunos árboles medio muertos o medio vivos, es igual. Excepto uno, de hojas verdes y brillantes, como si hubiera sido puesto allí para disimular la tristeza de la carencia y el abandono del lugar. Este era el más grande y añejo, tenía sus raíces extendidas sobre un montículo de tierra y bajaban hacia el flujo acuoso, algunas hojas que volaban daban la pista de una tenue brisa. El cielo estaba despejado y el Sol ofrecía sus últimos rayos del día. Una niña de aproximadamente diez años, estaba sentada bajo el paciente y protector árbol. Vestía un jean gastado, a un costado había dejado unas zapatillas que se adivinaban blancas, mientras frotaba sus pies descalzos en el césped que se asomaba entre las gruesas raíces. Con su mano izquierda jugaba con la trenza de su cabello castaño que caía hasta su cintura, y con su mano derecha sostenía el libro que leía. Su camisa era blanca con unas florcitas marrones, combinaba perfectamente con el color del tronco y del agua que corría unos metros más abajo. Su mirada era dulce y nostálgica, típico de quien ya ha vivido bastantes desgracias. Aunque si se la observaba bien, parecía estar presente en otro lugar. Quizás en el lugar que imaginaba a través de esas letras, que vaya a saber uno qué le contaban. La magia, el encanto, y la pasión por vivir emanaban de su cuerpito delgado y soñador.

Tanto el árbol como la niña eran la prueba viviente, de que a pesar de todo lo malo que acontece alrededor, siempre se puede soñar con un mundo mejor.

Esta imagen estaba expuesta en un rincón de la habitación y tenía como título: La Foto de la Esperanza.

domingo, 28 de octubre de 2012

Abrazando al árbol


A la misma hora se abrían las cortinas de la ventana de una habitación antigua; parecía ser un estudio, con una enorme biblioteca bien surtida. Se sentaba mirando hacia afuera. Tenía una expresión adusta y seria que acompañaba a sus pensamientos. Incluso hasta por momentos parecía perversa. El olor del papel, el algarrobo, el pino, el quebracho lo invadían todo.
El nombre del anciano es Mateo. Le dicen, Don, Viejo y abuelo. Su nietos lo llamaban nono, cuando estaba con ellos, era una de las pocas ocasiones en las que se lo veía sonreir.

Siempre hace lo mismo. Se sienta frente a la ventana en su mecedora, una linda y cómoda mecedora. Mientras enrosca una de las puntas de su bigote, lee alguno de los libros de esa enorme biblioteca. De vez en cuando, me mira fijo. No sé qué me quiere decir, pero algo me quiere decir. Hace más de 20 años que lo observo, y antes que yo lo observaba mi padre, y también mi abuelo que  lo vio nacer y crecer. Y antes de eso, mis ancestros observaban a sus ancestros.

Mi abuelo me contó que luego de casarse tuvo un accidente que lo dejó paralítico. Y desde entonces no sonríe o más bien lo hace poco. Solía ser un hombre activo, distinguido y de mundo. Mi abuelo me decía que cuando Mateo era chico; era un niño feliz. Lo sorprendía gratamente que a veces corriera alrededor suyo con una rama al grito de “Soy un guerrero, soy un guerrero y llevo mi espada”

Pero un día, siendo un joven adulto, cuando volvía de uno sus viajes de negocios mezclados con placer, encuentra a su hija llorando porque un ave que anidaba en el árbol del jardín tenía un ala rota. El se sube a rescatar el ave para poder curarla y hacer feliz a su hija. Pero el pájaro se asusta y pega un salto. Mateo pierde el equilibrio y se cae del alto y añejo árbol. Este accidente afectó su columna y nunca más volvió a caminar.

Ahora pasa sus días encerrado. Sentado en la mecedora de su biblioteca, viviendo sus viajes y aventuras cuando niño a través de su maravillosa colección. No obstante, parece no disfrutar de su lectura. Su lenguaje corporal indica tensión, tristeza, resentimiento… y algo más, pero aún no sé qué es.

Un día veo que se abre la puerta de entrada, y sale Elisa, su esposa que lleva a Mateo en su silla de ruedas hasta al árbol del jardín… Ese soy yo.

Se detiene frente a mí y dice: “te voy a contar una historia, En todos estos años intenté acabar con vos. Después del accidente te corté de raíz, y me hice el escritorio; ese habrá sido tu abuelo. Pero luego de un tiempo volvías a crecer, -Elisa en ese momento se arreglaba el delantal con florcitas que tenía puesto en forma casual -  y te hacías grande; entonces te corté de nuevo y me hice la biblioteca y la mecedora; tal vez ese era tu padre. No obstante, creciste de nuevo, te hiciste fuerte y grande… , otra vez y acá estás frente a mí”.

Mateo desenfunda una espada, adquirida en su último viaje. Elisa le decía que dejara esa venganza ya, había sido suficiente sufrimiento, que empezara a ser feliz. Además, ya no tenían lugar para más muebles…

El viejo empuña su espada y llora con desesperación y rabia, y me dice que ahora yo seré la leña que arda en su hogar. Me grita: ¡Ahora serás leña, te harás cenizas, porque no tengo lugar para más muebles!

El árbol le dice Don Mateo que con todo gusto se ofrece a darle calor si es eso lo que necesita con tal de que vuelva a sonreír. “Mi sacrificio no es nada comparado con la dicha que me da saber que de mí obtendrás calor y paz“.

El viejo se queda helado al darse cuenta que pudo escuchar la voz del árbol. Por primera vez lo oye... ¡Qué increíble, qué terrible! Se decía, sobrecogido por semejante muestra de bondad  del árbol, se queda mirándolo un rato largo, que pareció una eternidad; Por fin, suelta su espada, se acerca hasta él y lo abraza. Lo abraza con amor, con luz, con entendimiento. Deja caer una lágrima y le promete que plantará semillas por todas partes, le devolvería a la familia que le había quitado. Y que a partir de ahora se sentará a leerle todos sus libros, para que a través de él conozca el mundo ya que comprende que ambos son lo mismo; están vivos y luchando por vivir.

“Entonces yo te enseñaré todo lo que sé de la tierra, mientras aprendo sobre el mundo. Te ofrezco todo lo que soy, te mostraré todo lo que tengo y lo que habita en mí” le contestó el árbol.

Así, ambos sin la capacidad de poder desplazarse por sus propios medios, viajaron juntos hasta el final. Sólo conociéndose en profundidad, pudieron ir más allá de sus propios límites.