Lo maldecimos cada vez que no llega a la hora indicada, o decide hacer un stop para recuperar energías. Agradecemos cada vez que llega y nos da un lugar. Si decide parar todo el día, lo lamentamos tanto que colapsamos. Nos carga, nos contiene, nos amasija.
Dentro de él, el panorama no cambia demasiado. Maldecimos, lamentamos, extrañamos. Siempre las mismas caras, las miradas idas, los oídos tapados, el carácter sensible, los modales dormidos. Esa cercanía obligatoria que nos produce curiosidad y rechazo. Los detalles se apoderan de nuestra atención, el pelo, la ropa, los perfumes, los logos y distintivos varios, etiquetas, teléfonos, carteles publicitarios, el libro que lee el de al lado, los zapatos, las manos, el caño para agarrarse. Me miro los nudillos con frecuencia.
Ese resoplido tan conocido que se va escuchando en eco cuando se presenta la demora. El vaivén frustrante que hace que seas sostén de otros cuerpos en cadena.
Sin embargo, si la cadena se rompe por un desmayo, un bajón de presión, un anciano o un niño, se abren las manos que los conducen a un lugar seguro. Sin refunfuñar y despertando esa virtud que carcateriza a nuestra gente, la solidaridad.
El cansancio, la pesadumbre, el hastío, la intolerancia, la falta de educación, la prisa, el egoísmo; todos somos presa de alguno de ellos en algún momento. Unos, durante un viaje en Subte, otros, durante toda su vida. Pero la mayoría, podemos trabajar para cambiarlo y darnos cuenta que sólo con sonreír más podemos llegar más rápido a destino.
Así como en el Subte, en la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí, me interesa lo que opinas.