Llegaban las cinco de la tarde y los niños del barrio se iban acercando a su casa, sabiendo que los esperaba la chocolatada con masitas y tostadas.
Hace mucho prometí que dedicaría un post entero a mi abuela Susana. Hoy es.
Su día empezaba apenas amaneciendo, con ese aroma del rocío secándose con los primeros rayos del sol. Abría la ventana de la cocina, desde la cual se podían apreciar sus amadas rosas, grandes, perfumadas, con pétalos definidos y de colores matizados. Eran su propia invención, su tesoro, su pasión.
Yo la observé muchas veces, tomando ese primer mate, parada frente a la ventana. Con los ojos semi-abiertos como cuando uno agudiza la vista al tratar de apreciar detalles. Ella repasaba cada detalle de la vida que se gestaba en su patio. Su limonero, sus rosas, los pájaros que se acercaban a comer las miguitas de pan y a tomar el agua que ella les dejaba.
La abuela Susana, era muy delgada. Cuando era chica tuvo una enfermedad que se llamaba Difteria. Siempre nos contaba que el tratamiento se lo hicieron con un tipo de infusión que parecía tinta china. Estuvo meses en cama.
Era la más chica de siete hermanos, nacida en Córdoba, descendiente de italianos. Nació un ocho de Diciembre, el día de la Virgen. Era debota de la Rosa Mística y de San Cayetano. Se casó con mi abuelo Germán, un portugués divino de unos ojos azules zafiro que dejaban paralizados a cualquiera que mirara fijo.
Tuvo dos hijos; Carlos, mi tío y Susana, mi mamá.
Cada vez que salía a la calle a hacer las compras en la "Feria internada", un mercado grande, demoraba más de dos horas. Eso sucedía, poque todos la conocían y se paraban a saludarla. Yo ya sabía, que ir con ella a comprar era toda una odisea de saludar gente y conocer historias de todo tipo. Las chusmas del barrio, Matula; el diarero, el carnicero, el barrendero, el cartero, el de la ferretería, el de la pescadería, la de la librería, la de la panadería, la Chola (Reina entre las chusmas), la de la Quiniela, Isabel; que era una mujer obesa a la que mi abuela le hacía las compras porque no podía caminar y como pago del favor, le regalaba algunos números de la quiniela. A mi abuela le encantaba jugar a la quiniela, sus números solían ser el siete y el diecisiete, y el trece.
Ella tenía una rara afición por los números, de manera modesta y quizás por falta de instrucción. Pero los números para ella tenían magia. Contaba todo lo que se le cruzara por el camino, siempre, sea lo que sea. Baldozas, perros, árboles, azulejos, migas en la sobremesa (agrupaba las que iba contando en un montoncito), las florcitas, puntitos, dibujitos de la ropa que llevara puesta el que tenía en frente. Y mientras lo hacía, sonreía.
Sonreía mucho, casi siempre. Pocas veces me acuerdo de ella con el ceño fruncido o de mal humor. ¡Si hasta cuando se enojaba lo hacía con gracia! O al menos, me causaba gracia a mí.
Me acuerdo que siempre me juntaba yo con un grupo de chicos del barrio en la calle, en la casa de en frente a la de mi abuela. Estábamos todo el día en la calle, jugando al vóley, al básquet, riéndonos, mojándonos, corriendo, a la hora de la siesta, a la hora de la cena, a la madrugada y hasta muy tarde en verano. Todo el día. Cuando mi abuela preparaba la comida, salía a la puerta y me llamaba para ir a comer: ¡Carlita, a comer vamos! Sí abuela, ya voy. Pasaba un rato largo, y yo no iba, entonces salía de nuevo. ¡Nena, a comer te dije! ¡Sí abuela, ya voy!. Pasaba otro rato largo... ¡Pero nena dale, que se enfría la comida, qué tenés que andar haciendo a esta hora en la calle, Dios mío querida, todo el dia boludeando Virgen Santa! Este grito iba acompañado de sus dos manos alzadas al cielo con el puño cerrado, y agarrándose la cabeza cada vez que nombraba un santo. Su imagen diminuta en la puerta, gritando desesperada y harta de que no le hiciera caso, hoy hace no pueda evitar sonreír con emoción y ternura.
Pupi, Tati, Pipi, Calita, Nena, Eran sus formas de llamarme. No me acuerdo de que alguna vez me haya dicho Carla.
La abuela Susana tenía una gran personalidad. Era de carácter fuerte, decidido, hiper-activa, inteligente, intuitiva, dulce, dedicada, coqueta (se quitaba años), voluntariosa, con un gran sentido del deber, del honor. Virtuosa.
Le gustaba cocinar, tenía el libro de Doña Petrona. Sus canelones, los ñoquis, las papas fritas más perfectas del mundo, eran las que hacía ella, hasta daba pena comerlas.
En este blog he contado que a mi otra abuela, Pocha, le salen muy mal las papas fritas (lo único que le sale mal igual) se le pegan. Lo contrario de la abuela Susana.
Ella era un poco celosa de mi otra abuela, (que es profesora de Yoga) y cada vez que podía, levantaba la pierna muy alto y me preguntaba: ¿Esto lo puede hacer la abuela Pocha?
Su verdadero nombre era Petrona Cadile, pero nunca le gustó, entonces se puso Susana Cadile de Soares Castelao (el apellido de mi abuelo), y todos la conocían así. Ahora debe estar cerrando el puño y diciendo ¡Pero nena, no lo digas!
Su chancleteo a la mañana cuando venía a despertarme con el mate cocido y las tostaditas calentitas, con la manteca apenas derretida. Grabado a fuego tengo ese aroma.
La rosa que un día me regaló, un pimpollo perfecto con delicioso perfume. No me olvido más de ese momento. Ella entrando por la puerta de la cocina viniendo del patio. Asomó medio cuerpo del lado de adentro me miró con unos ojos llenos de amor, una sonrisa que derretía icebergs, y me dijo: "Tomá nenita, para vos".
Para aquellos que no creen en los ángeles, yo puedo contarles lo que fue para mí vivir con uno en la Tierra.
Ya hace 13 años que no está físicamente. Pero nunca dejó de estar presente. Te amo abuelita.
Gracias, por haber sido el ángel que me enseñó a sonreír.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí, me interesa lo que opinas.