Estaba frente al río, esperando el amanecer, faltaban unos veinte minutos para que llegara el Sol. Observé en silencio, quieta, mirando hacia al Este y contemplando el vaivén del agua. Mi mente viajó a las profundidades de los recuerdos, las esperanzas, los anhelos, el agradecimiento, la emoción, el entusiasmo por estar viva...
Mientras, sentía el viento frío que intentaba estremecerme y le dije: Ahora no, hoy no, no me estremezco. Te saludo, te disfruto, y no te siento como enemigo. Es cierto, me agarraste desprevenida, no traje muchas armas para combatirte. Sin embargo, estoy esperando a alguien a quien conocés mucho, y su calor es lo que me reconfortará. Hoy querido, disfruto de como jugás con mi cabello, de cómo acariciás mis mejillas y me olvido de tu temperatura. Te quiero.
El silencio también estaba allí, alguien a quien respeto y le tengo gran estima, aunque a veces huyamos de su sabia enseñanza e intentemos cubrirlo. Pero hoy, estábamos juntos. Nos reconocimos, y tuvimos una conversación interesante: Me preguntó si me acordaba de él, y yo le respondí que sí. Le pedí disculpas por las veces que intentó quedarse conmigo y preferí romperlo. Sé que venís cuando te necesito, que estás cuando es necesario acallar mis pensamientos, refrenar mis impulsos, controlar mi opinión. Lo sé, me ayudás a ser más consciente de mí. Intentás una y otra vez que te escuche... bueno, hoy así será, gracias por tenerme paciencia. Me dice que no es paciencia, que es su naturaleza estar. Me informa que él siempre está, que no aparece, sólo que no hablo fuerte, no molesto, no distraigo, no llego a ser oído si no es el momento. Y es verdad, por eso mi amigo, te quiero.
Pasó una bandada de lo que supuse eran golondrinas o gaviotas, me pareció maravilloso ver esa imagen de alas que se movían en perfecta sincronía, ritmo y absoluta paz. Me lamenté por no reconocerlas, pero igual las saludé, y me encargué de hacerles saber que también las quiero.
Y estaba él también, esa enormidad contenedora de vida. Me imaginaba que estaría gélido, pero no podía dejar de admirar su hermosura. El agua, que tan necesaria es, que tan poderosas virtudes tiene, de la cual disfrutamos de múltiples formas, estaba allí reflejando el cielo. Actuaba de espejo para que pudiéramos presenciar la magia de la que somos parte.
El río, con toda generosidad puso su encanto a mi disposición, me dio su aroma, me dio su cantar, junto con el viento hacen un equipo maravilloso... y cuando quieren fatal, pero esta vez estaban de acuerdo en ser hermosos para mí. Lo miraba y le agradecía por sobrevivir a todos nuestros maltratos, le pedí disculpas, le dije que lo quería, que amaba estar dentro suyo en los días que a quien espero hoy, se pone intenso.
Y miro al horizonte, esa cuerva extensa, perfecta. Las nubes tenían una forma estirada, como si cuando la tierra giró, alguien hubiese tomado uno de sus extremos dejando el otro libre para dibujar líneas en el cielo, totalmente asimétricas, pero con una coherencia evidente. Se asomaba un reflejo naranja, hermoso y enorme, que iba iluminando el cielo. Yo me esforzaba por ver el verdadero color de esa maravilla, aunque desistí cuando me acordé que no soy capaz de ver todo lo real, sólo una parte. Y entonces, agradecí tener la posibilidad de verlo, admirarlo y contemplarlo, algo que no siempre se da al mismo tiempo.
El reflejo se hacía cada vez más intenso, abarcaba todo mi campo visual. Me daba la sensación que saldría de allí abajo una enorme bola de fuego. Sin embargo, casi sin aviso, a no ser por unas líneas rojas, aunque algunos ven una recta verde en ese momento, se asoma y se coloca en un segundo una pequeña esfera perfectamente delineada. Y aunque uno sabe que es una enormidad de un millón trescientos noventa y dos mil kilómetros (aparentemente), en ese momento se ve así, como una pequeña esfera perfectamente delineada.
Ese Sol, del que tantos misterios es protagonista. Venerado, adorado por múltiples culturas ancestrales. Mítico, generoso, devastador. Magnífico exponente de la superioridad que nos protege y vigila. Hermoso símbolo, bello astro, cálido amigo de aventuras, tenaz y reaccionario cuando lo afrentan y no lo acompañan.
Ese, que nos hace despertar todas las mañanas con una energía renovada, el que nos sigue iluminando de noche, y se cuida de esconderse para no ser siempre el protagonista; dejarnos descansar o contemplar a sus hijas las estrellas y a su hermana la Luna. El que hoy salió puntual dando inicio a su mejor discípula, la primavera. Ese que siempre produjo en mí una fascinación inexplicable, igual que el fuego. Ese, hoy me vio a los ojos, y me dijo "Acá estoy, como siempre, cada día aunque no me veas. Siempre te espero, y también creo en ti, sólo falta que vos hagas lo mismo, ¿Qué esperás? ¡si ya nos conocemos hace mucho!"
Me sentí parte de un algo más poderoso, probé que lo que intuímos es cierto. La prueba más evidente fue lo que sentí. Es prueba porque se sabe, se siente. Y como la experiencia no se transmite, tendrán que creer en mis palabras, cosa que no recomiendo en este caso, o salir a buscar esa prueba ustedes mismos.
Mi Sol intenso, te esperé, observé, sentí y creí.
Bienvenido a mi vida.
El concepto “Intensidad” se puede definir básicamente como el grado de potencia, poder, energía o fuerza con que se manifiesta un fenómeno físico, un agente natural, una magnitud, cualidad, etc. De tal forma la intensidad es un término que sirve para cuantificar un determinado fenómeno físico y graduar el grado de potencia, poder, energía o fuerza con que actúa la cualidad propia que este fenómeno posee.
Increible la manera de describir aspectos tan comunes de nuestra vida... tan particular que pareciera que no los conozco. Me encantó.
ResponderEliminarGracias Ariel, es emocionante saber que alguien puede reconocer mis devaneos como propios, un lugar común.
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