Festejar un cumpleaños, comer un asado entre amigos, un buen desayuno, salir a correr, bañarse, prepararse para ir a una fiesta, jugar con un niño, conmemorar a un ser amado o a un mentor, llegar a la oficina, volver a casa, estudiar, incluso irse a dormir o despertarse cada mañana; puede que algunas de estas cosas no las tengamos en cuenta como rituales o ceremonias. Pero si lo pensamos detenidamente un rato, cada una de ellas tiene una previa preparación, sea consciente o no, la tiene.
Es hermoso cuando uno se da cuenta y disfruta de estas ceremonias. Qué lindo sería que cada mañana al levantarnos nos detuviéramos a oler el rocío secándose con los primeros rayos del Sol. O disfrutar del aroma de la leche hirviendo y el café listo, sacar los individuales y ponerlos en la mesa. Abrir la ventana, exprimir las naranjas, ponerle manteca a la tostada recién hecha y ver cómo se derrite, mojarla en el mate cocido, leer el diario, o tener el noticiero de fondo mientras planchamos la camisa o preparamos el baño.
Qué lindo es cuando llegamos a casa después de un día largo de trabajo y actividades, nos sacamos los zapatos, ponemos el agua para el mate, nos damos un baño y nos calzamos las pantuflas y el pijama, preparamos la cena, ponemos un poco de música, leemos, hacemos yoga, o simplemente vemos nuestro programa favorito, besamos a nuestro ser amado, relatamos nuestro día, o si estamos solos, nos relajamos y distendemos disfrutando del tan esperado silencio, despojado ya de bocinazos, ruido y polución. Abrir la cama, apoyar la cabeza en la almohada perfumada, apagar la luz, hacerse un ovillito, y cerrar los ojos.
Levantarse a la mañana o llegar a casa, pueden ser sólo algunas de las ceremonias que tenemos todos los días y no le prestamos atención. Aquellas costumbres y tradiciones que perduraron en el tiempo, y de las cuales no tenemos consciencia porque ya son parte de nuestra piel, las tenemos tan incorporadas, que lejos de disfrutarlas, terminan siendo un acto repetitivo e inconsciente, como los hábitos.
Hace poco, tuve la oportunidad de ser parte de una ceremonia, que me hizo acordar y valorar estas otras más pequeñas y volver a disfrutarlas como cuando era niña. En el momento en que se conmemora a cierto maestro, ser querido o evento, justo en el momento en que uno se olvida que es un cuerpo, y sólo es un espíritu que está presente, se siente algo muy difícil de describir, conmueve cada partícula de nuestro ser, se ama profundamente, se es parte de un TODO más grande que uno.
Es probable que no sea clara con lo que cuento, y no me importa demasiado serlo. Pero sí, invito a que disfrutemos más de los rituales y ceremonias cotidianas, ya que son parte de nuestras vidas, y no le prestamos la atención que se merecen. Pensar en ellas como en una tradición que venimos practicando desde hace cientos de años, les da un significado extra. Es celebrar todos los días, las enseñanzas que nos dejaron nuestros ancestros, es tener la oportunidad de elevar nuestro espíritu un poquito más, todos los días.
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